Mi casa de Bolivar

26/04/2018

 

 

Para mí era mi refugio en la tierra, grande, con mucho verde, en un barrio de quintas donde éramos pocos los que vivíamos permanente, con un silencio reparador y dónde la tranquilidad era el plato del día.

Cuando me preguntaban la dirección, en algún formulario completaba: Barrio Club Buenos Aires, sin número. Muy poco concreto. Cuando le tenías que explicar a alguien como llegar “bajas en la entrada del Barrio Club Buenos Aires, a la derecha, seguís por esa calle de tierra una cuadra y doblas a la izquierda y haces una cuadra y ahí en la esquina la casa de ladrillo a la vista es la mía¨. No había timbre, para anunciarte solo tenías que golpear las manos y gritar desde el portón de rejas. El portón de rejas merece un capítulo aparte, lo había mandado a hacer mi mamá con un herrero al que le llevó la foto del palacio de Diana, de Inglaterra, nada más ni nada menos. Mi mamá es así, podía comprar en cuotas con su sueldo de maestra un portón o una enciclopedia ilustrada, impredecible y con gustos refinados.

Pasando el Portón, le voy a regalar una mayúscula a la palabra, transitás por un camino de 20 metros de ladrillos hasta llegar a la puerta de servicio, que es la que se usa siempre. Desde ese camino hoy mirás a la derecha y está la pileta y el verde del segundo lote, que se adjuntó a mi casa cuando yo tendría 10 años más o menos. Y así completamos 1000 metros en esquina, ¡una gloria!. Cuando vas a entrar a la “cocina”, el ruido de la puerta de alambre para que no entren las moscas, es lo más característico de la llegada, creo que cierro los ojos y escucho la puerta que se golpea, porque pasó varios años sin burlete.
La cocina es el alma de la casa, dicen algunos. En mi casa de Bolívar, la cocina fue el garaje de la casa, en su versión original, y después de una de las reformas, se cerró y se convirtió en lo que es hoy, en verano, la parte más calurosa de la casa, porque nació con otro propósito. El techo no tenía que tener otra función que proteger el auto. Ahora es, además de donde se preparan los platos que salen todos los días, el refugio de Amok a la noche, el perro que vive con mamá y papá.

Éramos cinco hermanos, asique la casa se fue transformando a medida que íbamos llegando. Al principio tenía un dormitorio, living comedor, cocina y baño. Hoy tiene 4 dormitorios y ¨playroom ¨si nos hacemos los cancheros con las denominaciones de los ambientes. Afuera mi papá tiene su lugar, en cualquier familia sería un quincho, en mi casa esa palabra tiene otra encarnadura, casi está prohibida, ese lugar, es el “Aguayo” y tiene un estilo telúrico y algunos jueves mi papá organiza las peñas ahí, de hombres, donde se cocina fuerte y se juega a las cartas o se toma wisky.

Los muebles de mi casa tienen todos su historia, miro cada rincón y me acuerdo en que remate lo compraron o de quien lo heredamos, es como si muchos de nuestros parientes vivieran con nosotros, ahí están sus almas. Me acuerdo de algún fin de semana cuando reciclaban papá y mamá, y yo jugaría afuera pensando en que aburrido lo que estaban haciendo.

La casa fue cambiando, va cambiando constantemente, ellos volcaron cada centavo en esa casa, es como si el fruto de toda su vida estuviera ahí. Si tuvieran que pasar su CBU sería “Barrio Club Buenos Aires, sin número”, hoy se llama ¨Santa Rita¨, en honor a mi abuela paterna, que murió cuando yo era muy chica.

El techo tiene una forma especial, es a dos aguas, pero para adentro, un arquitecto medio borracho calculo que quería innovar sin pensar en que la casa iba a recibir diluvios y hojas secas en el otoño y esa no iba a ser muy buena idea, en fin, hoy le sigue sacando “canas verdes” a mi papá, como él dice.

En la puerta de entrada hay una campana, como para anunciarse, pero nunca llega nadie a tocarla, la usaba mi mamá cuando nos quería llamar a comer y estábamos en el club Buenos Aires, se ve que con el viento nos llegaba el sonido… y no había celulares.

No hay cloacas, no hay gas natural, recién ahora llegó internet, pero si hay alguna tormenta, el poste de donde está el servidor se puede caer y nos quedamos desenchufados de la matrix.

El agua es de pozo, y hay que prender el motor cuando se acaba el tanque, esto te puede pasar mientras te estás bañando entonces desde el baño se escucha ¡“motor”!!! un grito casi tarzánico que alerta a alguien que escuche que ponga la perilla para arriba.

El jardín es el edén de mi mamá, ahí ella se siente en su lugar, creo que no veía la hora de jubilarse para lanzarse afuera a disfrutar su mundo. Este último año nuevo pidió de deseos: que mis hijos sean felices y Dios ayude a mi jardín...

Mi papá tiene su lugar también en el garaje, ahí el guarda una serie de muebles y objetos que nunca va a tirar, aunque mi mamá insista. Está todo acomodado como si fuera una pirámide egipcia, cada piedra tiene su por qué, y está guardada ahí por algo y cada tanto cuando lo llamo, me dice, “hoy estuve ordenando el garaje”., una tarea que aunque parece ser cíclica resulta que no es aburrida, siempre encuentra nuevas formas de poner los muebles.

Mi casa de Bolívar hoy ya no es mi refugio diario, pero no puede evitar “saudades” al estar lejos.

  

  

 

 

 

 


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