La mamá de Celina

09/10/2017

Celina era la líder del grupo, sin dudas. Desde jardín, todos querían bailar en los actos con ella, subir a la calesita del patio con ella, jugar a la mancha o sentarse al lado en la sala. Linda, de ojos celestes, piel blanca y pelo rubio, tipo Rapunzel, largo, y siempre bien peinado. Celina, mi compañera de jardín y primaria, era la hija de Mirta, una maestra de nuestro colegio “Jesús Sacramentado”, en Bolivar.

Resulta que cuando pasamos a primero, la maestra asignada a nuestro grado fue ni mas ni menos que ella, la mamá de Celina.

Mirta usaba un guardapolvo que era más blanco que las prendas de cualquier publicidad de jabón en polvo, tenia un cuello redondo con voladitos y usaba tacos, aros, collares y un peinado de publicidad Vellapon. Era impecable en todo. Su guardapolvo tenia un lazo blanco que marcaba su cintura de avispa.

Cuando te hablaba siempre lo hacía con paciencia y dulzura, nadie hubiera querido tener otra maestra en primer grado, es lo que cualquier chico necesita en la transición de jardín a primaria.

La adoraba a Mirta, me encantaba que ella fuera nuestra maestra. Siempre tenía tiempo para escucharnos, en clase y fuera de clase. No parecía conocer el mal, era como un ayudante de Dios en la tierra.

Celina, mi amiga, ay por Dios, que suerte tenia pensaba yo, es linda, buena, todo el mundo quiere jugar con ella, encima inteligente, le iba re bien en el colegio, y para colmo, tenia esa mamá, que era su maestra!

Era como si Aladino hubiera existido para ella, todos sus deseos estaban concedidos en esta vida.

Cuando íbamos a la casa a jugar, su mamá, era igual de impecable que en el colegio, y nos atendía super bien. Todo estaba planchado, se ocupaba de las cosas de la casa, de sus hijos y de su marido, todo con la misma alegría. Nunca tenia algo fuera de lugar, usaba cremas, estaba siempre estiradita y maquillada, aunque fuera solo al mercado de la esquina a buscar algo para cocinar.

Un día desee con toda mi alma que Mirta fuera mi mamá, la quería tanto, tanto. Pobre mi mamá con todo lo que hacía por nosotros, yo me estaba fijando en otra mamá, por momentos no quería pensar eso, sabía que estaba pecando, porque como íbamos a colegio católico, todo era pecado y me sentía culpable.

Pero la mamá de Celina era única en ese momento para mi. Mi mamá era como el opuesto a Mirta desde la cocina, bifes con papas fritas y huevo frito versus carne al horno con papas, porque mamá detestaba el olor a frito, hasta el modo de hablarnos y saludarnos. Que me tenía que importar eso a mi!, pero es como cuando te dan rulos y querés pelo lacio, no valorás lo que te dieron.

Mirta olía a perfume, siempre, de cremas o de fragancias, y la recuerdo con una sonrisa, salvo cuando cantábamos el Himno. Si nos retaba lo hacia con tanto amor que ni se nos ocurría desobedecer, ella nos llamaba “mis chiquitas”, y era un placer aprender así.

¿Saben que fue lo mejor?, que a fin de año, nos dijo, ¿adivinen quien va a ser su maestra de segundo? ¡Yo! Y todos la abrazamos tan fuerte, teníamos el mejor verano por delante, sin sobresaltos, sabiendo que el próximo año la íbamos a tener de nuevo!

PD. hoy pienso que no hay mejor mamá que la que me tocó a mi, ni mejor maestra de primer grado que Mirta.


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