Sos del interior?

28/09/2017

Miedo, ciudad de pobres corazones, dice Fito. Sin dudas era una sensación terrible.

La necesitad de aire, aire, aire, corría a una plaza… Pero había algo que me aplastaba el pecho, la huella.

Me sentía por momentos con la impotencia de un inocente. La huella marcaba desenlaces que iban mas allá de mis acciones. Ingenuidad pura, poca calle.

Esa huella que hoy entiendo distinto en esos primeros días fue hiriente

¿Por qué tengo que volver a nacer?

¿Por qué duele tanto aprender, querer ser alguien en este mar de anónimos?

Buenos Aires marcaba un ritmo distinto, distinto a mi ritmo cardiaco de toda una vida, para mi violento.

Me enojé con mi huella, sentía que nunca llenaba el cartón, que me faltaban un montón de fichas para cantar bingo y que no sabía siquiera quien cantaba los números.

Gente amigable, confianza, la palabra, todo eso que había aprendido no me servía.

El mapa que me habían dado no era el indicado, pero no me iba a dar por vencida, luchaba cada día contra molinos de viento, los molinos, los conocía, pero estos eran otros.

Desde mi huella no veía el rumbo, entendí que tenía que cambiar el zapato, a la fuerza, la horma era diferente y no iba a calzar nunca sino.

Nadie me dijo cómo.

Volví con mi huella rota muchos días, la guarde en un cajón, la dejé en reposo y me puse a buscar mi propia marca, la que me estaban pidiendo, esa que yo iba a construir de ahora en adelante.

No sé si mi antigua huella se fundió con la nueva, no sé que marca hoy mi zapato, sé que dolió.

Pero hoy piso fuerte y la miro y me siento orgullosa y sé que no fue inútil.

Al volver a mi tierra ya no calzo en esa horma, el pie cambió.

Hoy etendí quién canta los números.

Soy mas que una fundición, una marca donde no se distinguen los límites.


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